"En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo.
Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción.
Pero los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación de amadores y soñadores, hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores.
Desde pequeños venían marcados por el amor. Detrás de su apariencia cotidiana guardaban la ternura y el sol de medianoche. Las madres los encontraban llorando por un pájaro muerto y más tarde también los encontraron a muchos muertos como pájaros. Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos por un invierno de caricias. Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños, atacados ferozmente por los portadores de profecías habladoras de catástrofes. los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías dijeron que sus palabras eran viejas y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua el corazón del hombre. Los acumuladores de riquezas les temían lanzaban sus ejércitos contra ellos, pero los portadores de sueños todas las noches hacían el amor y seguía brotando su semilla del vientre de ellas que no sólo portaban sueños sino que los multiplicaban y los hacían correr y hablar. De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida como también habia engendrado a los que inventaron la manera de apagar el sol. Los portadores de sueños sobrevivieron a los climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por generación espontánea. Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias torrenciales Tuvieron algo que ver con esto, La verdad es que como laboriosas hormiguitas estos especímenes no dejaban de soñar y de construir hermosos mundos, mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se llamaban compañeros, que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban en las muertes, se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se ayudaban en el arte de querer y en la defensa de la felicidad.
Eran felices en su mundo de azúcar y de viento de todas partes venían a impregnarse de su aliento de sus claras miradas hacia todas partes salían los que habían conocido portando sueños soñando con profecías nuevas que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores y de que el mundo no tendría que terminar en la hecatombe. Por el contrario, los científicos diseñarían puentes, jardines, juguetes sorprendentes para hacer más gozosa la felicidad del hombre.
Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder por eso no se extrañaban también sabían que la vida los había engendrado para protegerse de la muerte que anuncian las profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte. Por eso cultivaban jardines de sueños y los exportaban con grandes lazos de colores. Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros vigilando los pasajes y los caminos buscando estos peligrosos cargamentos que nunca lograban atrapar porque el que no tiene ojos para soñar no ve los sueños ni de día, ni de noche. Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte; por doquier hay paquetes con grandes lazos que sólo esta nueva raza de hombres puede ver la semilla de estos sueños no se puede detectar porque va envuelta en rojos corazones en amplios vestidos de maternidad donde piesecitos soñadores alborotan los vientres que los albergan.
Dicen que la tierra después de parirlos desencadenó un cielo de arcoiris y sopló de fecundidad las raíces de los árboles. Nosotros sólo sabemos que los hemos visto sabemos que la vida los engendró para protegerse de la muerte que anuncian las profecías. "
GIOCONDA BELLI
sábado, 5 de abril de 2008
domingo, 9 de marzo de 2008
Paramilitar... ¿Para qué?
A saber qué significa exactamente esta palabra que la Real Academia de la lengua define a aquellas organizaciones civiles con estructura o disciplina de tipo militar. Pero hay diferencias. Lo militar nos suena a guerra, lo paramilitar a problema a lo sumo a conflicto, una inmensa paradoja teniendo en cuenta que ambos usan las mismas armas, atacan los mismos objetivos y sirven a los mismos intereses.
La guerra llena los titulares, los conflictos de tierra a lo sumo crea algún rumor. Algo que es sabido por las fuerzas del orden público del mundo y también las mexicanas. Y por ello desde 1997 prefieren la “guerra de baja intensidad o guerra sucia” como plataforma para enfrentarse con los indígenas. Aquellos mismos que se levantaron en 1994 hartos de tanta explotación y que mantuvieron en vilo a la opinión internacional hasta que los medios optaron por sacarlos de la parrilla diaria.
Que no aparezca uno en los medios, no quiere decir que ya no exista, o que todo se ha solucionado, más bien significa que todo va a empeorar, como cuando sabemos que algo terrible va a ocurrir en la película de la tarde y giramos la cara para no verlo (ojos que no ven, corazón que no siente), pero eso no impide que ocurra.
Pero estos indígenas rebeldes se tomaron en serio esa lucha por dignidad, y desde 1994 empezaron a construirse un mundo a su medida. Un mundo donde muchos mundos quepan como les gusta decir, y después de mucho esfuerzo consiguieron algo con lo que muchos desean: “un proyecto de autonomía”.
Desde las comunidades se impulsa su propia educación, su propia salud (la de antes los tenía olvidados), su propia comunicación, su propia cultura, su propia economía, su propio gobierno… Todo eso en un ambiente de persecución, acoso, presiones propiciado por los partidos oficialistas y los intereses de los terratenientes locales. Después de varios años de una supuesta “guerra de baja intensidad”, y viendo que a pesar de todo los “indios rebeldes” del estado de Chiapas siguen avanzando, se ha cambiado la estrategia.
El hostigamiento a dado paso a la agresión, no a manos del ejército que aún sigue desplegado por todo el estado en alerta máxima, sino a través de las organizaciones paramilitares formadas en el seno del mismo ejército pero que permiten al “titiritero” desvincularse con la penosa afirmación: “es un conflicto entre indígenas”.
La situación está a punto de estallar, de nuevo, en este sureste mexicano, y el silencio de los medios de comunicación, el silencio de la opinión pública, en definitiva, el girar la cabeza cuando sospechemos que viene el fantasma en la película, no evitará la muerte de gente digna y honesta a manos de los que se hacen llamar “democráticos moderados”.
La Real Academia no define en su profundidad el paramilitarismo, por suerte tendremos ocasión, para desgracia de muchos, de conocer este fenómeno a corto plazo a través de sus terribles consecuencias.
La guerra llena los titulares, los conflictos de tierra a lo sumo crea algún rumor. Algo que es sabido por las fuerzas del orden público del mundo y también las mexicanas. Y por ello desde 1997 prefieren la “guerra de baja intensidad o guerra sucia” como plataforma para enfrentarse con los indígenas. Aquellos mismos que se levantaron en 1994 hartos de tanta explotación y que mantuvieron en vilo a la opinión internacional hasta que los medios optaron por sacarlos de la parrilla diaria.
Que no aparezca uno en los medios, no quiere decir que ya no exista, o que todo se ha solucionado, más bien significa que todo va a empeorar, como cuando sabemos que algo terrible va a ocurrir en la película de la tarde y giramos la cara para no verlo (ojos que no ven, corazón que no siente), pero eso no impide que ocurra.
Pero estos indígenas rebeldes se tomaron en serio esa lucha por dignidad, y desde 1994 empezaron a construirse un mundo a su medida. Un mundo donde muchos mundos quepan como les gusta decir, y después de mucho esfuerzo consiguieron algo con lo que muchos desean: “un proyecto de autonomía”.
Desde las comunidades se impulsa su propia educación, su propia salud (la de antes los tenía olvidados), su propia comunicación, su propia cultura, su propia economía, su propio gobierno… Todo eso en un ambiente de persecución, acoso, presiones propiciado por los partidos oficialistas y los intereses de los terratenientes locales. Después de varios años de una supuesta “guerra de baja intensidad”, y viendo que a pesar de todo los “indios rebeldes” del estado de Chiapas siguen avanzando, se ha cambiado la estrategia.
El hostigamiento a dado paso a la agresión, no a manos del ejército que aún sigue desplegado por todo el estado en alerta máxima, sino a través de las organizaciones paramilitares formadas en el seno del mismo ejército pero que permiten al “titiritero” desvincularse con la penosa afirmación: “es un conflicto entre indígenas”.
La situación está a punto de estallar, de nuevo, en este sureste mexicano, y el silencio de los medios de comunicación, el silencio de la opinión pública, en definitiva, el girar la cabeza cuando sospechemos que viene el fantasma en la película, no evitará la muerte de gente digna y honesta a manos de los que se hacen llamar “democráticos moderados”.
La Real Academia no define en su profundidad el paramilitarismo, por suerte tendremos ocasión, para desgracia de muchos, de conocer este fenómeno a corto plazo a través de sus terribles consecuencias.
Dignidad Rebelde
Algo que nos han robado, que hemos permitido que nos roben, es esa cualidad de sentirnos merecedores de algo concreto, de ser conscientes y exigir lo que nos corresponde no sólo por nuestros méritos sino por el simple hecho de ser personas.
Más terrible que este hurto, es la negación de un camino para recuperar lo perdido. Una negación más teórica que práctica y no por casualidad. Alcanzar esa dignidad robada implica una acción de rebeldía, definida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como aquella acción de levantarse faltando a la obediencia DEBIDA, y el concepto “deber” se define como: “Cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos”.
¿Cómo podemos alcanzar una dignidad que nos han robado si rebelarnos ante esta situación es indigno?
La manera de entender en el mundo, de vivir en él, de influir en él depende de la forma de interpretarlo y para ello necesitamos de las palabras. Algo que saben los mismos que nos quitan nuestra dignidad, los mismos que destruyen los puentes verbales para recuperarla, los que nos enmarañan en leyes injustas, los que deciden por nuestro bien, los que nos clasifican moralmente.
Por eso la primera conquista requerida para empezar nuestra lucha debe ser el lenguaje. Apropiarnos de él, hacerlo nuestro y no suyo. Volver a concebir el mundo desde nuestra perspectiva, la que vivimos en la cotidianidad de nuestro día a día. Tan distinta de la que nos imponen.
Si justicia es “derecho, razón, equidad”, ¿por qué su ejercicio nunca es razonable ni equitativo?
Si la igualdad nos rige, ¿por qué sigue habiendo privilegiados?
Si la democracia es el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, ¿por que nunca nos piden opinión más que para escoger el menos malo que nos gobernará los próximos cuatro años?
Queremos lo que nos corresponde, no sólo por el simple hecho de ser personas, sino por nuestros méritos. Queremos ser dignos. Dignidad que nos exige rebeldía. Rebeldía desde el conocimiento de una realidad inventada por otros y no nosotros. Realidad que debemos volver a construir para que nos permitan ser dignos, para no pedir nunca más permiso por sentirnos merecedores de una vida mejor.
Más terrible que este hurto, es la negación de un camino para recuperar lo perdido. Una negación más teórica que práctica y no por casualidad. Alcanzar esa dignidad robada implica una acción de rebeldía, definida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como aquella acción de levantarse faltando a la obediencia DEBIDA, y el concepto “deber” se define como: “Cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos”.
¿Cómo podemos alcanzar una dignidad que nos han robado si rebelarnos ante esta situación es indigno?
La manera de entender en el mundo, de vivir en él, de influir en él depende de la forma de interpretarlo y para ello necesitamos de las palabras. Algo que saben los mismos que nos quitan nuestra dignidad, los mismos que destruyen los puentes verbales para recuperarla, los que nos enmarañan en leyes injustas, los que deciden por nuestro bien, los que nos clasifican moralmente.
Por eso la primera conquista requerida para empezar nuestra lucha debe ser el lenguaje. Apropiarnos de él, hacerlo nuestro y no suyo. Volver a concebir el mundo desde nuestra perspectiva, la que vivimos en la cotidianidad de nuestro día a día. Tan distinta de la que nos imponen.
Si justicia es “derecho, razón, equidad”, ¿por qué su ejercicio nunca es razonable ni equitativo?
Si la igualdad nos rige, ¿por qué sigue habiendo privilegiados?
Si la democracia es el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, ¿por que nunca nos piden opinión más que para escoger el menos malo que nos gobernará los próximos cuatro años?
Queremos lo que nos corresponde, no sólo por el simple hecho de ser personas, sino por nuestros méritos. Queremos ser dignos. Dignidad que nos exige rebeldía. Rebeldía desde el conocimiento de una realidad inventada por otros y no nosotros. Realidad que debemos volver a construir para que nos permitan ser dignos, para no pedir nunca más permiso por sentirnos merecedores de una vida mejor.
sábado, 8 de marzo de 2008
Aroma y recuerdo

No dejo de sorprenderme de lo que provoca en mí el olor del jazmín.
Esté donde esté, siento que mi mente escapa del cuerpo y sale despedida hacia el pasado. Olor a jazmín. Pasear junto al Darro al atardecer, con el anaranjado espejo en el que se convierte la Alambra a un costado, con la fría pared encalada de las casas del albaicin al otro. Con la cuesta empedrada que acompaña el suave discurrir del agua que viene de las cumbres de Sierra Nevada, con el aroma de tu pelo, con tu cintura ceñida por mi brazo, con tu calidez contrastando con todo el entorno…
Calidez… creo que es mi cuerpo el que habla ahora, y me recuerda que otra calidez muy distinta a esa que soñaba escapa por mi costado dejando en el ambiente un olor acerado, tan distinto al del jazmín… o al de la dama de noche.
Que curiosa esta planta de espectaculares flores, que durante el día, celosa, retiene su esencia hasta que cae la noche. Es en la caída del sol donde una intensa oleada inunda con su delicioso aroma la oscuridad prominente. La dama de noche no se puede separar de un patio de Sierra Morena, de un emparrado con las primeras muestras de la cosecha que se avecina, del sordo rumor de un pozo encalado, del suave crujir de una silla de mimbre, de la caída del sol hacia los mares de tejas… así empieza su campaña la dama de noche. Y así, poco a poco se van llenando esos aires que en el día fueron del laurel, el limón y la hierbabuena. Poco a poco mientras cae la noche de invierno. Poco a poco mientras tu voz temblorosa me recuerda que también llegó el frío.
Frío… el que me inunda ahora mismo todo el cuerpo, un frío absoluto, sin grados, irracional. ¿Cómo va a hacer este frío en la selva? Aún recuerdo cuando me trajeron aquí, aún su cara desencajada, su cara sádica y grotesca mirando sin mirar.
Y este frío irracional pero real. ¿Cómo no va a ser real si tiemblo de esta manera?
Siento mis huesos entumecidos, siento que se me escapa el aliento, me siento morir.
Morir… ahogado en tu olor. Morir tantas veces en tus brazos, en tu pelo, en tus labios. Morir de pasión, de nostalgia, de amor. En noches que son días y que llegan a semanas y meses. En noches donde la muerte llega tras un derroche de besos, de abrazos, de ansias. En noches donde el eterno descanso sobre tu cuerpo se antoja fugaz envuelto en la dama de noche. Y tantas veces muerto y tantas resucitado, y tan diferente esa muerte de la que ahora me acecha.
Que fueran tus besos sus botas, tus manos sus puños, sus risas tu gemido. Que fuera esta silla tu cama, las punzadas caricias, las descargas pasión. ¿Dónde se esconde el jazmín en esta calidez? ¿Dónde la dama de noche en el frío? ¿Dónde meto este dolor que me llena seis cuerpos?
Cuerpos… Aquellos que delante de mi me dieron la felicidad más pura que nunca he conocido. El tuyo, exhausto, crispado, empapado en sudor. El suyo, tierno, torpe, empapado en tu sangre. Luego, vuestro primer abrazo al que no pude unirme hasta pasados unos segundos sublimes, donde vuestros rostros quedaron grabados en mi mente, para llevarlos conmigo como amuleto contra la melancolía, como refugio en tempestades. Aquellos rostros que añoro junto al aroma del jazmín, que me dieron fuerza y razones, que alentaron la causa, aquella que me llevó lejos.
Lejos… lejos está ya mi cuerpo. Tendido en un mar propio derramado por el piso, siento alejarse mi latir. Como si fuera adentrándose en un largo túnel, va apagando su sonido hasta quedar tan sólo como un rumor. Rumor que se confunde entre los insultos, las risas, los golpes… Me sobraban los segundos de suplicio, de profesional tortura legalizada, de interrogatorios estériles. Me sobraban tantos segundos como siglos me faltaron con vosotras. Siglos de aromas, entre jazmines y damas de noche.
Esté donde esté, siento que mi mente escapa del cuerpo y sale despedida hacia el pasado. Olor a jazmín. Pasear junto al Darro al atardecer, con el anaranjado espejo en el que se convierte la Alambra a un costado, con la fría pared encalada de las casas del albaicin al otro. Con la cuesta empedrada que acompaña el suave discurrir del agua que viene de las cumbres de Sierra Nevada, con el aroma de tu pelo, con tu cintura ceñida por mi brazo, con tu calidez contrastando con todo el entorno…
Calidez… creo que es mi cuerpo el que habla ahora, y me recuerda que otra calidez muy distinta a esa que soñaba escapa por mi costado dejando en el ambiente un olor acerado, tan distinto al del jazmín… o al de la dama de noche.
Que curiosa esta planta de espectaculares flores, que durante el día, celosa, retiene su esencia hasta que cae la noche. Es en la caída del sol donde una intensa oleada inunda con su delicioso aroma la oscuridad prominente. La dama de noche no se puede separar de un patio de Sierra Morena, de un emparrado con las primeras muestras de la cosecha que se avecina, del sordo rumor de un pozo encalado, del suave crujir de una silla de mimbre, de la caída del sol hacia los mares de tejas… así empieza su campaña la dama de noche. Y así, poco a poco se van llenando esos aires que en el día fueron del laurel, el limón y la hierbabuena. Poco a poco mientras cae la noche de invierno. Poco a poco mientras tu voz temblorosa me recuerda que también llegó el frío.
Frío… el que me inunda ahora mismo todo el cuerpo, un frío absoluto, sin grados, irracional. ¿Cómo va a hacer este frío en la selva? Aún recuerdo cuando me trajeron aquí, aún su cara desencajada, su cara sádica y grotesca mirando sin mirar.
Y este frío irracional pero real. ¿Cómo no va a ser real si tiemblo de esta manera?
Siento mis huesos entumecidos, siento que se me escapa el aliento, me siento morir.
Morir… ahogado en tu olor. Morir tantas veces en tus brazos, en tu pelo, en tus labios. Morir de pasión, de nostalgia, de amor. En noches que son días y que llegan a semanas y meses. En noches donde la muerte llega tras un derroche de besos, de abrazos, de ansias. En noches donde el eterno descanso sobre tu cuerpo se antoja fugaz envuelto en la dama de noche. Y tantas veces muerto y tantas resucitado, y tan diferente esa muerte de la que ahora me acecha.
Que fueran tus besos sus botas, tus manos sus puños, sus risas tu gemido. Que fuera esta silla tu cama, las punzadas caricias, las descargas pasión. ¿Dónde se esconde el jazmín en esta calidez? ¿Dónde la dama de noche en el frío? ¿Dónde meto este dolor que me llena seis cuerpos?
Cuerpos… Aquellos que delante de mi me dieron la felicidad más pura que nunca he conocido. El tuyo, exhausto, crispado, empapado en sudor. El suyo, tierno, torpe, empapado en tu sangre. Luego, vuestro primer abrazo al que no pude unirme hasta pasados unos segundos sublimes, donde vuestros rostros quedaron grabados en mi mente, para llevarlos conmigo como amuleto contra la melancolía, como refugio en tempestades. Aquellos rostros que añoro junto al aroma del jazmín, que me dieron fuerza y razones, que alentaron la causa, aquella que me llevó lejos.
Lejos… lejos está ya mi cuerpo. Tendido en un mar propio derramado por el piso, siento alejarse mi latir. Como si fuera adentrándose en un largo túnel, va apagando su sonido hasta quedar tan sólo como un rumor. Rumor que se confunde entre los insultos, las risas, los golpes… Me sobraban los segundos de suplicio, de profesional tortura legalizada, de interrogatorios estériles. Me sobraban tantos segundos como siglos me faltaron con vosotras. Siglos de aromas, entre jazmines y damas de noche.
Para Ana Clara
Nershin
Palabra

La madrugada resplandecía estaba apunto de dar a luz al sol. La noche se apagaba. . Y aquí en el suelo, al abrazo de la madre tierra, crecía con encanto una flor, su cáliz era de fuego, su tallo fuerte como la verdad. Era tan pequeña que un colibrí semejaba una montaña a su lado.
Florecía, no cesaba de abrir sus pétalos en el espiral de tiempo, cada movimiento al morir hacia nacer otro. Cada instante parecía único y podía observarse bien a pesar de su minúsculo tamaño. Aun que parecía tan pequeña tan indefensa nadie sabia que dentro de si se alojaba una fuerza implacable.
Hubo un tiempo sobre la faz de la tierra en que crecía un planta llamada Ambición que a su paso al crecer nada respetaba, con su tamaño aplastando toda forma de vida que a su lado creciera.
Es tan chiquita que morirá, nada la podrá salvar.- decían las demás árboles, flores y animales que vivían junto a ella.
Se acercaba la Ambición a su hogar, destruyendo todo, comiéndose todo. Pero la sorpresa es que ya estaban esperando esa oscuridad que azotaba y amenazaba la vida.
Palabra como se llamaba esa flor pequeña. Abrió su cáliz y con fuego y verdad, convoco a los árboles, animales, flores, arbustos; para que cada uno hablara, soñara, y de esta manera pensaran y soñaran juntos.
Cual fue la sorpresa de la ambición que todas la criaturas que deseaban vivir , juntas ahora defendieron desde el cielo, la tierra y el agua, un pedacito de tierra para vivir.
No se sabe que paso con ambición, pero se sabe que algunas personas viven aplastando y comiendo a otras. Tal vez ambición se alojo dentro de su corazón.
La madre naturaleza como es sabia, sembró también en los corazones de sus hijo la palabra para que con su fuego y su verdad, sus hijos pongan luz otros que viven caminando a oscuras por el mundo.
Entonces acabar con la oscuridad que aplasta y no deja vivir, que solo envuelve entre brumas obscuras. Para que todos podamos crecer libres, sobre la soleada faz del mundo.
Florecía, no cesaba de abrir sus pétalos en el espiral de tiempo, cada movimiento al morir hacia nacer otro. Cada instante parecía único y podía observarse bien a pesar de su minúsculo tamaño. Aun que parecía tan pequeña tan indefensa nadie sabia que dentro de si se alojaba una fuerza implacable.
Hubo un tiempo sobre la faz de la tierra en que crecía un planta llamada Ambición que a su paso al crecer nada respetaba, con su tamaño aplastando toda forma de vida que a su lado creciera.
Es tan chiquita que morirá, nada la podrá salvar.- decían las demás árboles, flores y animales que vivían junto a ella.
Se acercaba la Ambición a su hogar, destruyendo todo, comiéndose todo. Pero la sorpresa es que ya estaban esperando esa oscuridad que azotaba y amenazaba la vida.
Palabra como se llamaba esa flor pequeña. Abrió su cáliz y con fuego y verdad, convoco a los árboles, animales, flores, arbustos; para que cada uno hablara, soñara, y de esta manera pensaran y soñaran juntos.
Cual fue la sorpresa de la ambición que todas la criaturas que deseaban vivir , juntas ahora defendieron desde el cielo, la tierra y el agua, un pedacito de tierra para vivir.
No se sabe que paso con ambición, pero se sabe que algunas personas viven aplastando y comiendo a otras. Tal vez ambición se alojo dentro de su corazón.
La madre naturaleza como es sabia, sembró también en los corazones de sus hijo la palabra para que con su fuego y su verdad, sus hijos pongan luz otros que viven caminando a oscuras por el mundo.
Entonces acabar con la oscuridad que aplasta y no deja vivir, que solo envuelve entre brumas obscuras. Para que todos podamos crecer libres, sobre la soleada faz del mundo.
Yaya
viernes, 7 de marzo de 2008
Renacerse

Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.
Sin ni siquiera ser consciente del día que despierta conmigo, de los sueños de la noche, de la ausencia que me acompaña en la cama, ya tengo el pantalón y las zapatillas puestas y avanzo torpemente guiado por la cotidiana rutina hacia la puerta del baño.
Es cuando el agua resbala por mi cara cuando la parte utópica de mi cabeza coge la palabra que se le niega durante el resto del día. No la censuro en este momento, escuchar su idílica visión de la vida anestesia el cansancio, el hastío, la impotencia de volver a levantarme a las cinco de la mañana, lanzarme a la oficina y después de preparar el equipo ir en busca de aquellos sucesos macabros que esperan ansiosamente las televisiones nacionales.
Y ahí estoy yo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara, cuando entras en escena. Es en esa primera mirada, en esas décimas de segundo, donde me haces consciente que te mata no saber que haces aquí a las seis menos cuarto de la mañana cuando a la una de esta misma mañana estábamos acabando la jornada anterior. Varios meses contigo entre guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, hacen que tu cara sea más familiar que la propia y que reconozca cada gesto, cada mueca como un discurso sobre tu estado de ánimo. Pero como un espejismo esa mirada desaparece dejando una frase en el aire: “¿Ya tienes el material preparado?”, aun a sabiendas que sólo faltabas tú para marcharnos.
No hay comentarios, no hay historias en el coche. ¿Qué te voy a contar de mi vida que no sepas? ¿Qué parte de mi vida no paso contigo? ¿Qué vida tengo más allá de nuestra cruzada diaria con la “actualidad”? Esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran nuestra pieza entre otras tantas perdidas en programas de sucesos.
Frente al hecho noticioso despliego mi habilidad: la burbuja del trípode, la cámara anclada, el balance en blancos, el enfoque y el iris. Coreografía cotidiana, perfecta danza con la que disfruto personalmente, ¿Quién más podría entenderlo? Más que por su belleza o por su exactitud, la virtud se verifica en la ausencia de críticas. En un mundo basado en la apariencia perfecta la perfección no tiene valor, sólo la imperfección tiene su justo castigo. Y el trabajo del operador de cámara es un duelo constante contra esa imperfección, un camino en la cuerda floja mientras toda la audiencia espera el error. No importa cuantos reportajes, cuantas grandes imágenes hayas grabado en tu vida, en esta profesión, en esta realidad, sólo se recuerdan los fallos.
Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor de la cámara oculto la humanidad de lo que grabo, todos los terribles dramas se convierten en ficción aislando mi ser de cualquier sentimiento de empatía. No siento nada.
Cuatro meses después sigo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara y vuelves a entrar en escena, y en esa primera mirada, que lleva unas semanas reteniendo más de unas simples décimas segundos, es donde hallo ese algo donde agarrar la emotividad ausente. Esos varios meses compartiendo guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, han hecho que tu cara sea un salvavidas en este mundo aséptico, que tu piel sea el refugio de mis anhelos, que tus labios vuelen en la noche hasta los míos aunque sólo sea por la necesidad de sentir.
En un parpadeo desaparece ese espejismo real, que la frase sonriente que le sigue me confirma acomodando en mi pecho una cálida sensación: “¿Dónde me llevas hoy?”
Seguimos viajando en silencio, sin historias, sin comentarios. Es tu mano la que me habla posada en mi pierna confiada, y entre anotaciones al cuaderno, vistazos al mapa y maldiciones al tiempo una mirada tierna se te escapa impactándome el alma. Embate tras embate la sólida barrera impenetrable que me rodea se resquebraja, y entre las grietas fluyen los pensamientos:
“Nunca conseguí sobreponerme al profundo azul que me vestía el alma. Los pasos teledirigidos de mis pies mentían avanzando en círculos, mientras mi futuro se dibujaba sobre una manta de colores ocres siguiendo los trazos de una simple plantilla gastada.
En la búsqueda inútil de trascendencia en mis actos cotidianos se perdían los largos segundos. Náufragos suspiros en un mar ahogado en confusión.
Así me encontré ante tus ojos aquella mañana, allí reventaron siglos en una sonrisa, soles en tu piel, besos en tus manos. Y se abrió el ocaso, el océano que separaba mi boca del mundo, mi alma del resto. Camino directo y certero hacia un corazón que en tinieblas buscaba algo por lo que latir y que sólo encontraba la negra cotidianeidad. En esa oscuridad rota en mil pedazos, arrasada por una horda de estrellas desbocadas, me encontré con la certeza de existir, de vivir desde mí y no a través de mí. Y en ese momento reconocí que la pena, la incertidumbre, la desesperanza y el hastío rodeaban mi existencia pero no formaban parte ya de ella, que en mi interior había luz, constructiva llama que proyectaba sombras danzantes en el manto negro que creía mi reflejo. Ese manto yace en el suelo dando paso a la esperanza cabalgada por la ira de sentirse engañado por un mundo hecho para engañar, por el valor de alcanzar aquellas inalcanzables utopías que deseaba. La ilusión disparó sus cañones y sonaron a río, a mar, a lluvia… Cosas reales, absolutas, que hundieron sus palabras, sus colores, sus certezas en la misma grieta hedionda donde me ocultaba del mundo, el de verdad. Ese que sigue en construcción desde que se formó en nuestra mente y en el que ya nada parece inaccesible”.
Todas estas reflexiones escapan de mi ser por las rendijas que has abierto, de la parte utópica de mi cabeza que aprovechando el caos que has creado en mí se permite hablar a pesar de ser las dos de la tarde y llegar tarde a una grabación al otro lado de la ciudad.
Unas reflexiones que minan definitivamente ese muro que tus labios rozando mi mano derecha se han encargado de detonar, y esa explosión se convierte en un escalofrío que se extiende por todo mi pecho. Y girar la cabeza para que entres de nuevo en escena, para ver la primera mirada tuya que se adentra en mi alma abierta, décimas de segundo que son siglos donde sólo imagino amarte, amarme. Pero esos siglos son sólo décimas de segundo, y esa mente que vuela ya no es consciente y esos ojos que te miran por vez primera no ven la ciudad, ni el semáforo, ni el camión que bajaba, el que embistió tu puerta, tu cuerpo, tu esencia, mi valor, tu vida, mi esperanza...
Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor, ocultando la humanidad de lo que grabo, el terrible drama convertido en ficción que aísla mi sentimiento que ya ni recuerdo. Ahora sólo formas parte de esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran mis imágenes, perfectas imágenes que se llevan de una vez por siempre la parte utópica de mi cabeza.
Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.
NERSHIN
Sin ni siquiera ser consciente del día que despierta conmigo, de los sueños de la noche, de la ausencia que me acompaña en la cama, ya tengo el pantalón y las zapatillas puestas y avanzo torpemente guiado por la cotidiana rutina hacia la puerta del baño.
Es cuando el agua resbala por mi cara cuando la parte utópica de mi cabeza coge la palabra que se le niega durante el resto del día. No la censuro en este momento, escuchar su idílica visión de la vida anestesia el cansancio, el hastío, la impotencia de volver a levantarme a las cinco de la mañana, lanzarme a la oficina y después de preparar el equipo ir en busca de aquellos sucesos macabros que esperan ansiosamente las televisiones nacionales.
Y ahí estoy yo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara, cuando entras en escena. Es en esa primera mirada, en esas décimas de segundo, donde me haces consciente que te mata no saber que haces aquí a las seis menos cuarto de la mañana cuando a la una de esta misma mañana estábamos acabando la jornada anterior. Varios meses contigo entre guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, hacen que tu cara sea más familiar que la propia y que reconozca cada gesto, cada mueca como un discurso sobre tu estado de ánimo. Pero como un espejismo esa mirada desaparece dejando una frase en el aire: “¿Ya tienes el material preparado?”, aun a sabiendas que sólo faltabas tú para marcharnos.
No hay comentarios, no hay historias en el coche. ¿Qué te voy a contar de mi vida que no sepas? ¿Qué parte de mi vida no paso contigo? ¿Qué vida tengo más allá de nuestra cruzada diaria con la “actualidad”? Esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran nuestra pieza entre otras tantas perdidas en programas de sucesos.
Frente al hecho noticioso despliego mi habilidad: la burbuja del trípode, la cámara anclada, el balance en blancos, el enfoque y el iris. Coreografía cotidiana, perfecta danza con la que disfruto personalmente, ¿Quién más podría entenderlo? Más que por su belleza o por su exactitud, la virtud se verifica en la ausencia de críticas. En un mundo basado en la apariencia perfecta la perfección no tiene valor, sólo la imperfección tiene su justo castigo. Y el trabajo del operador de cámara es un duelo constante contra esa imperfección, un camino en la cuerda floja mientras toda la audiencia espera el error. No importa cuantos reportajes, cuantas grandes imágenes hayas grabado en tu vida, en esta profesión, en esta realidad, sólo se recuerdan los fallos.
Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor de la cámara oculto la humanidad de lo que grabo, todos los terribles dramas se convierten en ficción aislando mi ser de cualquier sentimiento de empatía. No siento nada.
Cuatro meses después sigo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara y vuelves a entrar en escena, y en esa primera mirada, que lleva unas semanas reteniendo más de unas simples décimas segundos, es donde hallo ese algo donde agarrar la emotividad ausente. Esos varios meses compartiendo guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, han hecho que tu cara sea un salvavidas en este mundo aséptico, que tu piel sea el refugio de mis anhelos, que tus labios vuelen en la noche hasta los míos aunque sólo sea por la necesidad de sentir.
En un parpadeo desaparece ese espejismo real, que la frase sonriente que le sigue me confirma acomodando en mi pecho una cálida sensación: “¿Dónde me llevas hoy?”
Seguimos viajando en silencio, sin historias, sin comentarios. Es tu mano la que me habla posada en mi pierna confiada, y entre anotaciones al cuaderno, vistazos al mapa y maldiciones al tiempo una mirada tierna se te escapa impactándome el alma. Embate tras embate la sólida barrera impenetrable que me rodea se resquebraja, y entre las grietas fluyen los pensamientos:
“Nunca conseguí sobreponerme al profundo azul que me vestía el alma. Los pasos teledirigidos de mis pies mentían avanzando en círculos, mientras mi futuro se dibujaba sobre una manta de colores ocres siguiendo los trazos de una simple plantilla gastada.
En la búsqueda inútil de trascendencia en mis actos cotidianos se perdían los largos segundos. Náufragos suspiros en un mar ahogado en confusión.
Así me encontré ante tus ojos aquella mañana, allí reventaron siglos en una sonrisa, soles en tu piel, besos en tus manos. Y se abrió el ocaso, el océano que separaba mi boca del mundo, mi alma del resto. Camino directo y certero hacia un corazón que en tinieblas buscaba algo por lo que latir y que sólo encontraba la negra cotidianeidad. En esa oscuridad rota en mil pedazos, arrasada por una horda de estrellas desbocadas, me encontré con la certeza de existir, de vivir desde mí y no a través de mí. Y en ese momento reconocí que la pena, la incertidumbre, la desesperanza y el hastío rodeaban mi existencia pero no formaban parte ya de ella, que en mi interior había luz, constructiva llama que proyectaba sombras danzantes en el manto negro que creía mi reflejo. Ese manto yace en el suelo dando paso a la esperanza cabalgada por la ira de sentirse engañado por un mundo hecho para engañar, por el valor de alcanzar aquellas inalcanzables utopías que deseaba. La ilusión disparó sus cañones y sonaron a río, a mar, a lluvia… Cosas reales, absolutas, que hundieron sus palabras, sus colores, sus certezas en la misma grieta hedionda donde me ocultaba del mundo, el de verdad. Ese que sigue en construcción desde que se formó en nuestra mente y en el que ya nada parece inaccesible”.
Todas estas reflexiones escapan de mi ser por las rendijas que has abierto, de la parte utópica de mi cabeza que aprovechando el caos que has creado en mí se permite hablar a pesar de ser las dos de la tarde y llegar tarde a una grabación al otro lado de la ciudad.
Unas reflexiones que minan definitivamente ese muro que tus labios rozando mi mano derecha se han encargado de detonar, y esa explosión se convierte en un escalofrío que se extiende por todo mi pecho. Y girar la cabeza para que entres de nuevo en escena, para ver la primera mirada tuya que se adentra en mi alma abierta, décimas de segundo que son siglos donde sólo imagino amarte, amarme. Pero esos siglos son sólo décimas de segundo, y esa mente que vuela ya no es consciente y esos ojos que te miran por vez primera no ven la ciudad, ni el semáforo, ni el camión que bajaba, el que embistió tu puerta, tu cuerpo, tu esencia, mi valor, tu vida, mi esperanza...
Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor, ocultando la humanidad de lo que grabo, el terrible drama convertido en ficción que aísla mi sentimiento que ya ni recuerdo. Ahora sólo formas parte de esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran mis imágenes, perfectas imágenes que se llevan de una vez por siempre la parte utópica de mi cabeza.
Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.
NERSHIN
jueves, 6 de marzo de 2008
De la necesidad de contar
De esa necesidad surge este reclamo.
De la necesidad propia y ajena de volver a contar. A contar lo que sucede, lo que ocurre, lo que pasa. Contar como principio básico de comunicación, como principio básico de relación, como principio básico del mundo.
No somos hasta que contamos y nos cuentan, no somos hasta que nuestra imaginación crea el mundo en el que vivimos y sus relaciones en él, y sobre ellas nos construimos nosotros.
Ahí una parte, pequeñísima parte, que no necesitamos que nos cuenten, aquella que vivimos en nuestra propia carne, aquella que sufrimos y/o gozamos, aquella que tenemos que contar.
El mundo de hoy, la llamada sociedad de la (des)información, del espectáculo, de la comunicación nos relega de nuestro papel de contadores, y nos deja solo el de contados, cuando no descontados.
Nos dibujan un mundo cada día más enfermo, más loco, más perdido y acaban haciéndonos participes de esa enfermedad, locura, pérdida. Pero el mundo sigue siendo el mismo, los que cambiamos somos nosotros.
Para agarrar de nuevo las riendas del mundo, tenemos que agarrar las riendas de nuestra comunicación. Empezar a contar y escuchar las historias verdaderas que nos rodean, las que fueron vividas y no inventadas, las que no tienen en cuenta el rating, la audiencia, las que sólo son porque así pasaron.
Para eso empieza esto, para cambiar la parte del mundo que me toca, para intentar apoyar para que ustedes se animen a cambiarla.
Somos lo que hacemos, hagamos algo grande
Nershin
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